Día 3 – DE RÍOS, MONTAÑAS Y CAFÉ

Con G. bajando el Glenzgletscher, Monte Rosa Encordarse en montaña es lo más parecido a crecer un nuevo cordón umbilical. Tu compañero, anudado al otro extremo de la cuerda, parece una versión barbuda y descuidada de tu madre: cuida de que no te caigas (por una grieta), sabe cómo estás física y mentalmente y participa de todas tus intimidades. Simplemente, no te grita que te bajes si subes muy alto. El verano pasado, mi amigo G. era mi compañero de cordada. Bajando del Zumsteinspitze hicimos una parada en un collado para coger un poco de chocolate, tomar un par de fotos y aliviar el tazón de café con leche del desayuno. Al reemprender la marcha, al otro extremo de la cuerda se escuchó:

Un metro más adelante y tu cafeína hubiera acabado en el Adriático”.

¿Y dónde acabará si no?” – pregunté por inercia.

En el Mediterráneo, cerca de Marsella. Ese collado (apuntó con el piolet sin volverse) está en la divisoria de aguas entre el Po y el Ródano.”

En la montaña, a menudo hay ratos donde uno se pasea solo por sus pensamientos, la mirada fija en los crampones o en la cuerda, la atención en la respiración y poco más. Será por la falta de oxígeno, pero a mí me dio por imaginarme aquella cafeína helándose en las entrañas del glaciar Glenz, bajando impenitente durante años para fundirse en un abrazo helado con el glaciar de Gorner y continuar precipitándose a cámara lenta valle abajo, buscando la calidez de los pastos bajos. Y en la siguiente primavera por fin liberarse en un torrente que llaman el Gornera. Y navegar, dejar atrás la turística Zermatt a bordo del Matter Vispa, uniéndose a decenas de torrentes y arroyos para arrivar al Vispa y al cabo de pocos kilómetros desembocar en un trepidante Ródano, que como cualquier aquapark, termina en una piscina calma a la que llaman Le Mans. Y después de décadas a orillas de Ginebra, cuando ya parecía que el viaje había terminado, salir de extranjis por la frontera francesa y comenzar un plácido viaje de centenares de kilómetros rumbo al sur, al Mediterráneo. Y camino del mar, ver los hermosos pueblos de la Savoya, atravesar Lyon, Valence, Avignon, Arles.

Ha pasado un año de aquella imaginativa mañana en el macizo del Monte Rosa, y ahora vivo en Lyon, lugar de paso de millones de cristales de hielo prejubilados en crucero por el Ródano. Y a uno, que de txiki le daba por seguir los ríos corriente arriba para encontrar ese punto mágico donde brotaba el agua, le ha faltado tiempo para saber un poco más del río.

El Ródano quizá sea el más francófono de todos los ríos franceses. A lo largo de decenas de valles, collados, agujas y crestas alpinas, el Ródano y sus afluentes compiten con el italiano Po y los suyos, por cada copo de nieve, gota de agua y resto de niebla, respetando fielmente la frontera entre Francia e Italia. El Ródano se adentra decenas de kilómetros en la Suiza francófona, remonta sus valles y cristaliza en el glaciar Rhône, que le da su nombre. Además, sisa con poco disimulo millones de litros de agua del franco-suizo macizo del Jura. Se podría decir, que en los vastos dominios del Ródano sólo se habla francés.

Sin embargo, a su paso por Lyon, el Ródano es ligeramente decepcionante. Baja turbio así que la imaginación arroja profundidades de varios metros, cuando la realidad es que, a la altura de Pont Morand, sólo cubre por la rodilla. Por fortuna, algo más al sur, el Saona tributa al Ródano sus 2 metros de calado y 500 toneladas de agua por segundo, doblando su caudal y el tamaño de su mayúscula.

El Saona es uno de esos afluentes abnegados y poco conocidos que terminan por modelar las ciudades que bañan. Los rómanos fundaron Lugdunum (futura capital de las Galias) en su escasa margen derecha, un estrecho pasillo de tierra que remonta demasiado pronto hacia la colina de la Fourvière. Y lo hicieron precisamente allí, pese a la fértil orilla izquierda del Ródano. La arquitectura del Viejo Lyon, que sucedió al esplendor romano y es hoy Patrimonio de la Humanidad, se encuentra en la misma margen. En realidad, Lyon sólo comenzó a expandirse definitivamente hacia la Presqu’île (la península) en la Edad Media y a colonizar la margen izquierda del Ródano al llegar el Renacimiento.

El Saona es el río de las imágenes de Lyon en Google, el del hielo flotando en los inviernos testarudos, el que acuñó “Crue 1840”1 en decenas de fachadas, muelles y puentes tras un otoño tormentoso como no ha vuelto a conocerse. Es también el que permite comunicar el Mediterráneo con el Atlántico (usando el Sena) y, más aún, con el Mar del Norte (a través del Rhin). Es el que hace posible soñar con zarpar de Lyon y ver París, Nantes, Colonia o Róterdam sin bajarse del barco o del kayak.

Miro los mapas igual que se leen los primeros libros, con el dedo pegado al renglón para no perderme. Reconozco que a veces la atención desmaya y acabo sobrevolando macizos remotos. Hoy, el deambular me ha hecho aterrizar en una arista sin pretensiones de un pico resultón del Oberland. Sobre ella asoma una repisa minúscula en la que algunos privilegiados copos eligen si se jubilarán en el Adriático, en el Mediterráneo o en el Mar del Norte. Luego me he enterado de que este era un punto de sobra conocido por los geógrafos. Claro que también lo eran los arroyos que yo perseguía de pequeño y eso no le quitaba un ápice de magia. Creo que la excusa da para un mail a G. A ver si le apetece un paseo.Crecida del Saone de 1840, Place Bellecour

Enviado: 6/10/2015