Día 1 – À LA RECHERCHE DU LOGEMENT

Los romanos fundaron la pequeña colonia de Lungdunum (actual Lyon) sobre las colinas de la Croix-Rousse y de la Fourvière, dos tachuelas de poco más de 100 metros con magníficas vistas sobre la confluencia de los dos ríos principales de la región: el Saona y el Ródano. Desde entonces, en días claros, los romanos y quienes las habitaron después han podido contemplar el imponente macizo del Montblanc despuntando en el horizonte.

Es mi primer fin de semana en Lyon y voy en busca de piso. En mi mapa, un entusiasta círculo rojo rodea la colina de la Fourvière. Vista desde la Place Bellecour, la colina de la Fourvière aparece tapizada de árboles. Según el plano sólo la remontan tres empinadas calles así que la búsqueda se prevé rápida. Dos horas después, bajo decepcionado la Montée de Saint Barthélemy entre humos de coches ahogados por la cuesta. El recuento de edificios es un baño de realidad: una escuela privada de ingenieros, una residencia católica de estudiantes, una hilera de cuatro portales… Admito que ya me habían avisado de que en esa zona hay poca oferta de pisos. Me aseguraron que la zona no gusta. Resignado, paro en la entrada de un hotel y tacho esta ladera de la Fourvière, sus vistas al Montblanc, los entrenos matutinos entre árboles… Aprovecho para merodear un poco por el hotel y descubro un exclusivo 5 estrellas, su restaurante con estrella Michelín y unas magníficas vistas sobre la catedral de Saint-Jean. Después de todo, la zona parece tener tirón. Simplemente, y pese a encontrarse en una de las ciudades más ricas de Francia, no está urbanizada. Desciendo la colina con la mosca detrás de la oreja.

Paradójicamente, la pista para comprender el enigma urbanístico de la Fourvière lleva 150 años expuesta en lo alto de la Croix Rousse. En el transcurso de las obras de construcción del funicular que comunicaría los barrios de la Presqu’île con el de la Croix Rousse durante los siguientes 100 años, los ingenieros se toparon con un imprevisto mayúsculo: enormes bloques de piedra de una dureza inusual aparecían engarzados en el subsuelo y retrasaban continuamente las obras. A 3,80 metros de profundidad se encontraron con uno particularmente fastidioso: un pedrusco de 2,95 metros de alto, 4,35 metros de largo y 2,90 de ancho les impedía nuevamente avanzar. Cuando los operarios consiguieron finalmente exhumar sus magníficos 35 metros cúbicos de cuarcita decidieron colocarlo en un lugar visible como símbolo de la fuerza y perseverancia de los lioneses. Lo bautizaron el “Gross Caillou” (la Gran Piedra). Desde entonces, y salvo pequeñas desplazamientos de unas decenas de metros, el Gross Caillou descansa inmóvil en lo alto de la Croix Rousse, con vistas al Montblanc.Le Gross Caillou

Hoy en día los geólogos saben que el origen del Gross Caillou se encuentra en un remoto valle de la Alta Savoya, a más de un centenar de kilómetros de su ubicación actual. El deambular de este y otros bloques erráticos (término científico por el que se conoce a estos enormes guijarros) quedó claro a la luz de la teoría glaciar. Durante la última glaciación, que terminó hace unos 12000 años, las bajas temperaturas propiciaron la acumulación de nieve y hielo en todo el planeta. En los Alpes, los glaciares alcanzaron espesores de un kilómetro, dejando sobresalir sólo las crestas y agujas más altas. Las rocas y peñascos que se desprendían caían sobre las gigantescas lenguas glaciares y eran transportados a lo largo de centenares de kilómetros mientras estos se desparramaban por las llanuras bajas. En su apogeo, los glaciares de los Alpes se extendían hasta la actual Lyon. Llegados aquí, el hielo terminaba de fundirse y depositaba sin orden los bloques de piedra, los guijarros y la harina glaciar formando una morrena.

30000 años de erosión, algún metro de arcilla, y casi 20 siglos de asentamientos humanos después, las faldas de la Fourvière sostienen el peso de numerosos edificios. Es la medianoche del 13 de noviembre de 1930 y un corrimiento de tierra entre la Montée du Chemin-Neuf y la rue Tramassac está a punto de provocar la destrucción de 17 de esos edificios causando la muerte a 40 personas. Los pertinentes estudios geotécnicos encargados tras la catástrofe concluyeron algo que ya se sabía: construir en las laderas más pendientes de la Fourvière es tentar a la suerte. Las autoridades decidieron entonces prohibir la construcción de nuevos edificios en aquella zona y, en su lugar, levantaron una cascada artificial que sirve para canalizar el exceso de agua de la ladera y, de paso, recordar a las víctimas. Gracias en parte a aquel frío glacial que acobardó durante milenios a nuestros ancestros europeos, hoy Lyon cuenta con ese pequeño pulmón verde en medio de la ciudad.

Encontré piso en un barrio de la Presqu’île. Como era de esperar, mi casa carece de vistas al macizo del Montblanc, pero de alguna manera extraña cuando subo a pasear por los jardines de la Fourvière calmo el ansia de pisar sus glaciares y pasear sus cimas.

Enviado: 25/9/2015