MAUTHAUSEN

Mauthausen acceso

Mauthausen acceso

No es la excursión más bonita, ni la más agradable. Pero creo que ver un campo de concentración es algo que hay que hacer por lo menos una vez en la vida.
El pasado domingo fui con tres amigas a Mauthausen. Situado en las proximidades de Linz, este pequeño pueblo alberga el campo de concentración en el que más españoles murieron -7000 aproximadamente-; la mayoría de ellos republicanos exiliados en Francia.
Llegamos a medio día en coche, con sol y tiempo primaveral. En el tramo final del trayecto (una hora y media en coche desde Salzburgo), podemos ver el Danubio, que discurre lento y pesado. Subimos una cuesta que nos aleja del pueblo y llegamos al aparcamiento, desde donde se ven los muros de piedra coronados por alambradas, en su día electrificadas.

Barracones

En agosto de 1938, cinco meses después del “Anschluss” (anexión) del Austria al III Reich, llegaron los primeros presos a Mauthausen, procedentes del campo de Dachau (en las proximidades de Munich). Fueron los propios reclusos quienes construyeron los barracones y demás edificios del campo. El objetivo del campo era utilizar la mano de obra en las canteras de granito, material necesario para la construcción de la nueva Linz que Hitler planeaba (aunque muchos no lo sepan, era originario de Alta Austria, cuya capital es Linz). Tenía el sueño de construir una gran ciudad que sustituyera como capital a Viena, ciudad por la que sentía verdadera antipatía, y el eje del proyecto urbanístico era un gran museo con arte comprado, confiscado o robado por los Nazis.
Una vez aparcado y recogido las entradas (gratuitas, por supuesto), nos dirigimos a las puertas de acceso al campo, desde donde se ven los barracones de madera perfectamente colocados en línea recta. Los primeros servían de cantina, secretaría y burdel (de los guardias). En los siguientes, llenos de literas, se hacinaban hasta 2000 personas que dormían por turnos en las camas.

Durante los primeros años, los presos trabajaban en las canteras de granito, situadas en la parte más baja del campo. Subían los bloques de piedra por una escalera larga y empinada que se conoce como la “escalera de la muerte”.

Mauthausen escalera

Mauthausen escalera

Con el desarrollo de la guerra y la necesidad de los Nazis de aumentar la producción armamentística, muchos presos fueron enviados a distintas fábricas, donde mejoraron sus condiciones de vida. Pero a partir de 1943, los reclusos fueron forzados a construir centros de producción subterráneos que quedaran a salvo de los bombardeos, y las tasas de mortalidad se dispararon nuevamente.

En la antigua enfermería se sitúa actualmente el museo del campo, en el que se recoge de una forma ordenada y didáctica cómo era la vida de los presos y las SS durante los años en que Mauthausen estuvo en funcionamiento.
Aprendemos que entre los presos había distintas categorías, y que subiendo de categoría se podían conseguir privilegios, como una ración mayor de comida, cigarrillos… Los nazis buscaban las peleas, la desigualdad, las envidias internas… buscando el “divide y vencerás”.
También vemos que los españoles intentaban aprender el idioma lo antes posible para poder mejorar su posición en el escalafón, porque entendiendo a los guardias se hacían una idea de cómo funcionaba el sistema y podían adaptarse a él. Por el contrario, los presos soviéticos eran los peor tratados, e incluso se los mantenía aparte del resto de reclusos. Tenían menos posibilidades de sobrevivir.

Mauthausen pueblo

Mauthausen pueblo

El pueblo de Mauthausen, a orillas del Danubio, está formado por casitas de colores con tejados inclinados. ¿Cómo es posible que a pocos kilómetros de este lugar tan bonito estuvieran cometiéndose tantas atrocidades?
Una de mis dudas antes de visitar Mauthausen era si la gente del pueblo conocía el campo y lo que sucedía en su interior. Aunque no se pueda afirmar que conocieran TODO lo que pasaba dentro, es evidente que sabían de la existencia de una especie de cárcel, pues los presos eran trasladados en tren a Mauthausen y desde allí subían a pie al campo, a la vista de la población.
cartel avisoPara evitar miradas indiscretas había carteles en los alrededores del campo señalando que quien se acercara o sacara fotos sería disparado sin previo aviso.

Para el pueblo de Mauthausen el campo era una fuente de ingresos, pues abastecían al campo de alimentos para los presos y bebida, cigarros, etc para los SS. Teniendo en cuenta que había un guarda cada 10 presos y el número de reclusos llegó a los 84 000, los ingresos para el pueblo eran notables. Además, muchas muchachas del pueblo se casaban con guardas, que también eran contratados de entre los chicos del pueblo.
Por otro lado, este lugar pintoresco atraía mucho turismo, que se vio reducido por los olores que desprendían las chimeneas del campo de concentración. Se recogen testimonios de personas quejándose por los olores que el campo había llevado al pueblo.

Una de las cosas que más me llamó la atención fue el hecho de que los reclusos sintieran la necesidad de realizar pequeños trabajos artísticos y de artesanía: esculturas, pinturas… Aunque estas prácticas estaban duramente castigadas, expresan el deseo de los presos de sobrevivir y una lucha contra la deshumanización que el sistema intentaba conseguir.

Mauthausen liberación

Imagen de la liberación de Mauthausen.

Uno de los hitos de este campo se produjo en febrero de 1945, cuando 500 prisioneros atacaron la unidad de vigilantes y, colocando mantas sobre los muros electrificados, pudieron escalar. 419 escaparon. Algunos murieron por disparos o por su débil estado físico, y los que consiguieron fugarse fueron denunciados por la población local, las SS y la policía, en lo que se conoce como la “caza de liebres”. Solamente sobrevivieron 11.
El 5 de mayo de 1945 el campo de concentración de Mauthausen fue liberado por la 11ª División Acorazada de EEUU. Los presos españoles colgaron una pancarta de bienvenida.

Aunque hayamos visto películas y leído libros sobre los nazis, ver un campo de concentración en directo es una experiencia distinta. Entrar en una cámara de gas o ver el horno crematorio no es lo mismo que oír hablar de ellos. Por eso recomiendo visitar un campo de concentración a todo aquel que tenga la oportunidad. Es toda una experiencia y realmente se aprende mucho.